Con él se va la magia, la inspiración, la imaginación como base de este deporte, una forma diferente y revolucionaria de entender el golf de finales de los 70 cuando un joven de Pedreña asombraba al frío aficionado anglosajón con una raza y una furia inusitada al otro lado del Canal. Nunca fue capaz de enderezar su drive, pero a quién le importaba; lo que hacía vibrar a las masas que le seguían, asombradas de lo que estaban presenciando, no eran sus salidas desde el tee, sino aquellos golpes desde el aparcamiento de Royal Lytham, entre los árboles de Wentworth, su madera 3 desde el búnker en el PGA National en la Ryder Cup, contra el muro de Crans-sur-Sierre, su hoyo en uno en Montecarlo mientras la ciudad aún dormía, su zigzagueante putt en St. Andrews, cuna de este deporte. Miles de historias que recorren los pubs de la vieja Gran Bretaña engordando la leyenda y que empañan los ojos de los parroquianos que recuerdan como, aún siendo unos niños, vieron ganar a Seve a fuerza de golpes imposibles.
Luego, con el paso de los años, aquel joven genial dejó paso a un hombre huraño que se empeñaba en un fracasado intento por no dar este paso a fuerza de enfrentamientos con cuantos se intentaban acercar a él. Los árbitros, la prensa, el público, sus propios compañeros, todos fuimos presa de una desesperación que el cántabro convertía en ira
Pero lejos de querer hacer leña del árbol caído, prefiero quedarme con lo bueno y no recordar los torneos en los que no conseguía pasar el corte, su vueltas sobre ochenta, sus enfados en el campo. Hoy me quedo con aquel Ballesteros triunfador y orgulloso y no con el personaje sombrío en el que se había convertido en los últimos tiempos.
Me quedo con el que durante décadas conquistó el corazón de Europa acompañado en mil batallas por Langer, Faldo, Woosnam y Lyle, “la quinta de Seve”. Me quedo con el Ballesteros que consiguió que Europa llegara a formar parte de la Ryder Cup, y que con su fiel Olazábal firmó las páginas más bonitas de la historia en la confrontación por parejas consiguiendo la Copa Ryder para Europa en tres ediciones consecutivas. Me quedo con el Seve que conquisto en tres ocasiones la Jarra de Clarete y que fue el primer europeo capaz de enfundarse la chaqueta de ganador en Augusta.
Me quedo con el Seve que nos enseñó a los españoles el verde camino del golf.
Javier Jiménez
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