Cuando tan solo han pasado unas horas desde la toma de posesión del flamante cuadragésimocuarto Presidente de los Estados Unidos de América, y con el mundo sumido aún en una explosión de júbilo -hasta los rusos decidieron abrir la llave del gas mientras que los israelies abandonaban Gaza para dar la bienvenida a Barack Obama- para España, más en concreto para Madrid, se inicia el difícil reto de competir contra la pasión por el deporte del nuevo mandatario.
Prueba de ello son los grandes idolos del deporte de los que se hizo rodear en los actos de investidura. El domingo Tiger Woods se pronunció politicamente, por primera vez, y reconoció ser un ferviente seguidor de Obama. Mientras, el martes, se acompañó por Mohammed Alí quien a pesar de el deterioro que sufre por culpa de la enfermedad de parkison, asistió como invitado a la ceremonia de juramento ante el Capitolio.
Pero los gestos iran más allá en los próximos meses. Obama pretende meter a Chicago, su ciudad de adopción, en los anales de la historia olímpica y ya mueve ficha para ganarse las simpatías de Jacques Rogge, máximo responsable del olimpismo mundial, quien ha declarado que le agradaría mucho que Barack Obama visite Copenhague el próximo 2 de octubre para ayudar a Chicago a ser elegida.
Así, con el apoyo del jefe del COI y con declaraciones en las que reconoce que sería la mejor manera de poner fin a su presidencia (en el verano de 2016 estará a punto de concluir su segundo mandato), en Chicago reina la confianza en espera de que su antiguo vecino haga todo lo necesario para alcanzar los votos suficientes que le permitan asegurarse la elección.
Total, que este Obama que baila haciendo arrumacos a su mujer mientras enamora a Zapatero, se lo va a poner muy negro (perdón por la licencia) a Ruiz-Gallardón y está dispuesto a demostrar que el mejor alcálde es el rey. Un rey que, sin la mitad de los esfuerzos que el edil madrileño lleva invertidos en su campaña olimpica, puede arebatar a la candidatura capitalina el sueño de ser la primera sede del golf olímpico en el siglo XXI.
Javier Jiménez
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